miércoles, 16 de agosto de 2017

La bicha


En la semipenumbra de la tarde que se iba convirtiendo en noche, agobiado por el lacerante dolor que le impedía moverse, piensa:

No puede ser, cuantas veces vi el frasco siempre tapado, ella estaba sumergida en alcohol para poder conservarla. Recuerdo que le dije:

—Vos estás loco ¿para que quieres ese bicho?
—Tranquilo— me respondió—está muerta.

Claro que lo estaba, la vi, ¿pero qué pasó? En la selva los nativos dijeron que esa bicha (ellos no la nombran por superstición) estaba maldita, que no la lleve. Él se rio e igual la metió en un frasco con alcohol, cuando llegó la dejó en ese rincón.

La pierna es una masa uniforme de color oscuro, la siente como fuego tremendamente inflamada. El dolor recorre su columna, no puede mover sus brazos y manos, la rigidez del cuello ladea su cabeza hacia un costado.

En la oscuridad cree ver dos puntos rojos fijos en él, observándolo. Pero su vista se nubla, el frío penetra sus huesos y el silencio lo invade de a poco.

Quienes por la mañana lo encuentran no dan crédito a la imagen, la inflamación se hizo presa de su cuerpo, está irreconocible.

Al forense le llama la atención esos dos puntos rojos en su pierna y ese frasco destapado con alcohol y restos de desperdicios en un rincón.

jueves, 1 de junio de 2017

La tarjeta




—Me parece que es un buen tipo —. Le comentó a su amiga.
— ¿Porque lo dices? Sólo ha sido una charla—. Se refería al chat. Donde lo había conocido
—No sabría decirlo, pero hay algo diferente. No se si es su trato o lo que creo sentir, pero sin duda algo es—. Su voz sonaba melancólica con los ojos entrecerrados como si quisiese vivir ese momento.
—Pero no lo conoces, no sabes como es—, replicó Valeria— a lo mejor sólo finge y tú le crees.
Clara no la escuchaba, su mente  divagaba entre las charlas nocturnas con el extraño que de a poco se adueñaba de sus sueños, esperaba cada noche el saludo, las palabras que la hacían sentir diferente. Nada en su vida fue como este momento, alguien que viera en ella quien realmente era, que no le pida nada a cambio. Este la aceptaba tal cual era, con sus miedos, sus tiempos, sus sueños.
¿Como explicar que había vuelto a sentir mariposas en su estómago? Que le contaba a su almohada que soñaba despierta, ilusionada. Olvidando los avatares que sufrió en otros tiempos cuando creyó en el amor, hoy las esperanzas renacían sin importar la edad ni el momento. No se sentía sola pues sabía que del otro lado de la pantalla la esperaba él. Lo imaginó, serio, austero, la mirada tierna y firme. La mano cálida jugando con su cabello. Cerraba los ojos y se arrebujaba en sus brazos y ya nada importaba. Era feliz.

— ¿Te sientes bien? — La pregunta de su amiga la sacó del ensueño— te has quedado callada mirando la nada, sonriendo cual si estuvieras besando a alguien…
Sintió arder su rostro al sentirse descubierta, solo atinó a una sonrisa tonta y encogerse de hombros, dejó sobre la mesa lo que tenía en sus manos y se refugió en el cuarto de baño. El espejo le devolvió la imagen de una mujer madura, que a pesar del brillo en su mirada denostaba tristeza, que con el paso de los años mantenía intacta su belleza. Es más la madurez resaltaba aun más esta. No había engordado como sus amigas, que siempre se lo echaban en cara. Fruto de los comentarios de sus respectivos maridos que no le quitaban los ojos de encima.
Solía vestir ropa juvenil, ya que su físico se lo permitía, ante la envidia de sus amigas. 

Norberto fue un abogado de brillante porvenir, muy deseado por su porte y figura atlética. Varias veces la invitó sin éxito, Clara nunca subió a su deportivo, lo más que aceptó fue un café en un bar aledaño a tribunales. Le molestó la actitud de este al presentarla como trofeo antes sus amigos que elogiaban su conquista. Se sintió usada, ella no lo permitiría. Este continuó acosándola durante un tiempo hasta que cansado decidió abandonar. Siempre recuerda la tarde cuando pasó a su lado con la rubia platinada fruto de su última conquista, la miró con sorna tratando hacerla sentir inferior.
Norberto ya era pasado cuando conoció a Pablo, divertido, afable además de físico admirable, sus amigas lo aprobaron sin dudarlo.

La película fue de su agrado, al salir del cine las tres amigas decidieron  tomar algo en un bar cercano, no fue premeditado, el destino así lo quiso. 
Ella era joven y bonita, acunando una nena de no más de siete meses. A su lado dos varones, que no excedían lo 5 años se trenzaron en disputa por un juguete, el más chico al ver que no podía hacer nada frente a su hermano, llamó a los gritos a “papá”. 
Pablo tomó a cada uno de un brazo y al levantar la vista  quedó estático, Clara no dijo nada, solo lo miró, tomó su bolso y se dirigió a la puerta, sus amigas comprendieron, sin decir palabra la siguieron, los tres pocillos quedaron abandonados sin ser consumidos
.
La timidez la obligaba a guardar silencio, callaba sin atinar a gritar eso que por dentro pugnaba por salir, Valeria siempre se lo reprochó;
—Es tu vida Clara, nadie lo hará por ti, ya tienes 46 años, ¿Qué esperas? El príncipe azul no existe, sólo hombres— al hablar Valeria mostraba su molestia, Hernán pasó por su vida sin dejar nada. Hoy ella es quien maneja cualquier situación respecto a sus parejas, no volvería a permitir un engaño, mas aún teniendo solvencia económica, no necesitaba un tipo que la mantenga.
Valeria con una leve sonrisa, puso la mano sobre el hombro de su amiga mientras comentaba:
—Ay Clarita, Clarita, no debes ilusionarte, los hombres son todos iguales solo buscan eso en nosotras y después si te he visto no me acuerdo— Clara quiso acotar algo pero se llamó a silencio mientras su amiga continuaba diciendo— Este chico… no me has dicho cual es su nombre.
—No— su voz sonó grave siendo casi un suspiro— no lo dije, tampoco que es menor que yo.
— ¿Menor? ¿Cuántos años menor?— desorbitados los ojos de Valeria cual si la confesión hubiera sido tan tremenda, para ella el candidato debería ser siempre mayor, una situación económica respetable y por sobre todo “libre”.
— ¡Por favor! Sólo son dos años, el tiene 44.
Valeria sacudió la cabeza tratando de restar importancia pero su mente elucubraba tratando de sopesar al candidato.
— ¿Y ya sabes de que se ocupa? Imagino que trabaja…
—Es contador, maneja las finanzas de un sanatorio de los más importantes— puso énfasis al decirlo mirando a su amiga casi como un desafío— ¿contenta?
— ¡Ah! Si es así es diferente. ¿Y cuando lo vas a conocer?—la expresión de Valeria había cambiado, casi imperceptiblemente se mordía el labio inferior.
—Esta noche, olvidé comentarte que me invitó a cenar—no pudo evitar esa sonrisa de triunfo al responderle a su amiga.
Valeria no respondió, solo un gesto leve de asentimiento moviendo los hombros en una vaga señal de envidia.

Caminaba despacio tratando de contener sus nervios, el bar quedaba a la vuelta de la esquina. Había pasado la tarde tratando de elegir el vestuario para la ocasión, no quería que él viera en ella a una buscona ni una mujer aburrida para la cual los años dejaron huellas. Trató de sonreír, se detuvo pensando en dar media vuelta sobre sus pasos, se dio cuenta que estaba asustada. Pensó: ¿Qué puedo perder? Y continuó su camino.

Traspuso la puerta mientras sus ojos buscaban en el interior, pocos parroquianos. En una mesa dos señoras  mayores, un par de hombres de negocios y una pareja.
Si saber que hacer volvió sobre sus pasos, pero escucho su nombre:
— ¡Clara!
Al voltear lo vio, sonreía con sus brazos abiertos, era alto, atlético y buen mozo pero…
¿Quien era esa mujer a su lado? Compartían la mesa en una charla cordial, y ella parada allí junto a la puerta no sabiendo que hacer.
Se acercó a su lado, se lo veía feliz, la tomó de la mano y la besó en la mejilla mientras ella no atinaba a nada. Quien lo acompañaba en la mesa se acercó y tras un beso se presentó.
—Hola, soy Susana, hermana de Juan Carlos, qué gusto conocerte, este loco insistió qué venga.

Susana era un poco más baja que su hermano, muy sobria al vestir cabello corto mirada firme. La invitaron a sentarse tras las presentaciones.
—Temía que no vinieras—, comentó señalando a su hermana—ella me aseguró que lo harías, perdona mis nervios—. No soltaba su mano mientras sus miradas permanecían firmes.
Un carraspeo los sacó de la ensoñación, Susana sonreía feliz al ver la expresión de su hermano que encogiéndose de hombros cual adolescente se quedó sin palabras.
—Chicos, los dejo, he de continuar con lo mío, me encanta verlos felices y a vos Clara te agradezco que hagas feliz a mi hermano. Se que seremos grandes amigas—. Tras lo cual besó a ambos y se marchó.

—Señora, ¿me da una moneda?— el chiquillo pasó su manga por la cara limpiado su nariz mientras dejaba una tarjeta impresa sobre la mesa, Juan Carlos deslizó un billete en su mano y el chico se retiró tras mirarla y decirle— Usted es muy bonita señora…
Sintió que su rostro ardía, mientras él sonriendo asentía. Cerró lo ojos pensando “esto es un sueño”.

—¡Mamá, llego tarde al colegio!— gritó la niña desde la puerta sacándola de su ensueño.
Volvió a depositar aquella tarjeta junto al retrato en que posaba junto a Juan Carlos vestida de níveo traje nupcial y salió presurosa con su hija al colegio.
Como mudo testigo quedó aquella tarjeta donde rezaba: 

“Hoy su vida cambiará para siempre”.


sábado, 29 de abril de 2017

Rojo sangre...


—¡Raúl!!!
El grito desesperado lo alertó, dejo todo volcando incluso el café. Corrió afuera con premura, al salir la vio, estaba arrodillada llorando, corrió hacia ella desesperado temiendo lo peor.
El corazón parecía salir de su boca cuando llegó a su lado, el rojo que manchaba sus manos se había adherido a su cara, incluso a su falda y la blusa que al ser blanca resaltaba el rojo sangre que la salpicó.
Raúl gritó su nombre tomándola en sus brazos, ella rompió en llanto convulsivo.
— ¿Amanda, que pasó?— inquirió mientras sus labios besaban la frente y bebían sus lágrimas, ella no paraba de llorar, la desesperación se lo impedía.
—Mi amor yo…—con la voz entrecortada trato de explicar, sin conseguirlo— no pude, te juro que no pude, fue todo tan rápido, no pude ni siquiera pensar.
— ¿Pero qué pasó?— inquirió Raúl, mientras que ella tratando de recomponerse señalaba los despojos que yacían a su lado convertidos en una mancha grotesca.
—Sabes que te amo, pero ella se cruzó en mi camino y te juro que no pude— su cuerpo temblaba impidiéndole continuar.
—Tranquila amor, dime que paso— la abrazó con fuerza ciñendo su talle a su cuerpo de hombre.

—No la vi, te juro. Venía feliz, quería sorprenderte en tu cumpleaños, mi torpeza hizo que tropezara con ella— dijo señalando la piedra que sobresalía del sendero y mirando el piso agregó— mira como quedo la torta de frutillas que traía…

jueves, 20 de abril de 2017

Hacia allá...


Partió raudo pasada la medianoche, lo hizo en silencio.
Dejó tras de si aquello que ya no le servía. Se sintió libre, feliz. No cargó con el peso inerte que quedó vacío, tumbado sobre la cama. Lo había arrastrado durante décadas, ya no cumplía ninguna función.
Voló a la luz.

Quienes hallaron el cuerpo esa mañana se extrañaron de la sonrisa que lucía el rostro del anciano.

domingo, 8 de enero de 2017

El instante...


Se plantó decidido frente a la puerta, lo vio echar  mano a su cintura donde descansaba el puñal. El terror se pintó en sus ojos, sabía que su hora había llegado.

—¡No Rosendo!— clamó la mujer— piensa en los chicos.

La miró de soslayo, dura la expresión de su rostro, fue sacando de a poco de su funda el cuchillo donde reverberaban los rayos del sol en un arco iris de muerte…

Rosendo no era hombre de echarse atrás, avanzó hacia él, los niños lloraban, la mujer lo tomó de la manga rogando que deponga su actitud.
Él volteó la mirada hacia el rincón donde las criaturas lloraban.

Lo pensó…

Miró a su mujer y asintió con la cabeza. Guardó el puñal y sin decir palabra partió muy molesto a tomar unas copas.
El pequeño cerdo supo que se había salvado.
La gallina bataraza no tuvo la misma suerte, sus polluelos ya estaban grandecitos como para arreglarse solos.

Durante la cena nadie habló…

domingo, 1 de enero de 2017

Campanadas



Era la noche, la última del año;  La mesa repleta, abundante bebida, música y risas.

Ella estaba exultante, con ese brillo en su mirada provocadora que lo excitaba. La sorprendería, tras el brindis abriría el estuche que celosamente guarda en su bolsillo y le pediría unir sus vidas para siempre.

A un par de cuadras él había bebido en demasía, estaba feliz, sería papá. Con la primera campanada extrajo su arma y disparó al aire. El proyectil no sabe de amor, en loca carrera retornó a la tierra.
El anillo rodó de su mano. La sonrisa se transformo en mueca, su mirada cambió, él  la sostuvo hasta qué la depositó suavemente en el piso.
Tras la última campanada lo envolvió el dolor de la soledad…

A un par de cuadras, ajeno al drama,  tras guardar el arma brindaba feliz.